Sobre la Orden

Si queremos alcanzar la vida eterna, debemos correr y hacer ahora lo que nos aprovechará para siempre.

Una vida de oración y trabajo

La Orden Cisterciense de la Estricta Observancia

La Orden tiene su origen en la tradición monástica de vida evangélica expresada en la Regla para Monasterios de san Benito de Nursia. Los fundadores de Cîteaux dieron a esta tradición su forma característica, y los monasterios de la Estricta Observancia defendieron con constancia sus principios.

En 1892, las tres congregaciones de la Estricta Observancia se unieron en una sola orden, conocida hoy como la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia. Más información en Nuestra Historia.

Una vida de contemplación

Nuestra Orden está dedicada a una vida de oración y contemplación. Dentro del monasterio, monjes y monjas viven una vida tranquila y escondida, marcada por un ritmo diario constante, dedicándose por entero al culto de Dios mediante la soledad y el silencio, la oración continua y una penitencia gozosa. Con sencillez y quietud, creamos un espacio para escuchar la presencia de Dios, sirviéndole de un modo a la vez humilde y noble.

Una vida comunitaria

Como cistercienses, buscamos a Dios y seguimos a Cristo, viviendo juntos bajo la Regla y con la guía de un abad o una abadesa. Estas comunidades estables son escuelas de amor fraterno, donde nos esforzamos por tener un solo corazón y un solo espíritu. Todo se comparte, y cada persona ayuda a llevar las necesidades del otro. De este modo, cumplimos la ley de Cristo, participamos de sus sufrimientos y vivimos en la esperanza de la vida eterna.

Un lugar de formación

Vemos el monasterio como una escuela del servicio del Señor, un lugar donde Cristo está presente en nuestros corazones por medio de la liturgia, de la enseñanza del abad o de la abadesa y de nuestra vida compartida. Guiados por la Palabra de Dios en el corazón y en la acción, aprendemos a permanecer atentos al Espíritu Santo, a buscar la pureza de corazón y a mantener viva la conciencia de la presencia de Dios en cada momento.

Caminar por el camino del desierto

Seguimos las huellas de aquellos a quienes Dios llamó un día al desierto. Viviendo separados de la cultura dominante, podemos hacernos extraños a las conductas mundanas, con un modo de vida que abraza:

  • La soledad y el silencio, buscando la quietud interior donde nace la sabiduría
  • La renuncia a sí mismo, para seguir a Cristo
  • La humildad y la obediencia, resistiendo al orgullo y al pecado
  • La sencillez y el trabajo, buscando la bienaventuranza prometida a los pobres
  • La hospitalidad generosa, compartiendo con nuestros compañeros peregrinos la paz y la esperanza que Cristo da gratuitamente

Una expresión del misterio de la Iglesia

Cada monasterio es una expresión viva de la Iglesia, donde nada se antepone a la alabanza de la gloria del Padre y donde el detalle de nuestra vida común está modelado por las enseñanzas del Evangelio. Al permanecer fieles a nuestra vida monástica, ofrecemos un servicio silencioso a la Iglesia y a toda la familia humana.

Buscamos permanecer en armonía con todo el pueblo de Dios, compartiendo un anhelo de unidad cristiana. Cada comunidad de la Orden está dedicada a la Santísima Virgen María, que es a la vez Madre y símbolo de la Iglesia en la fe, el amor y la perfecta unión con Cristo.

Arraigados en Cristo

En el corazón de la vida cisterciense está nuestro amor a Cristo y nuestro deseo de estar estrechamente unidos a Él. Solo por este amor personal al Señor Jesús pueden cobrar vida los dones de la vocación cisterciense. Al no anteponer nada a Él, encontramos la fuerza para perseverar en una vida ordinaria, escondida y laboriosa, confiando en que Él nos conducirá a todos juntos a la vida eterna.